El pasado y la nostalgia de vivir
31 de Diciembre, 2024
Por naturaleza, el ser humano es una mezcolanza de emociones que lo arrastran como el viento arrastra al mar, enclaustrado sin tregua entre el naufragio y la esperanza. Ama, odia, pero sobre todo añora. En su corazón late la nostalgia como un tambor constante, que lo empuja a mirar hacia atrás, a esos tiempos que se desdibujan en la memoria pero que aún arden con un calor fugaz, calor que alguna vez lo envolvió y que ahora solo es ceniza tibia.
El pasado y el tiempo, esos dos grandes tiranos, se ríen desde lejos de nuestra inutilidad para controlarlos. Podemos pasar días enteros sumidos en recuerdos, contemplando los rostros que se desvanecieron y los momentos que se nos escaparon entre los dedos, como si al pensarlos con fuerza fueramos a reescribirlos. Pero el mundo sigue girando, indiferente a nuestra melancolía, y nosotros seguimos enredados en las mismas dudas, los mismos dolores, las mismas preguntas de siempre. Entonces, ¿por qué ese deseo irracional de desandar los caminos ya andados, de revivir lo que no puede ser revivido?
Es verdad que entregarse a la nostalgia no es, en esencia, un acto productivo. Pero, ¡ah!, cómo ilumina esos rincones oscuros de nuestra alma, ocultos ante el yugo incesante de estar vivo. Mirar hacia atrás es como hojear un libro que ya hemos leído, encontrando significados nuevos en pasajes olvidados. Nos permite ser jueces y a la vez poetas de nuestra propia existencia, desmenuzando lo vivido en busca de verdades que, en su momento, se nos escaparon. Porque en la vida no todo es blanco o negro; hay un sinfín de grises que se esconden entre los pliegues del tiempo, esperando ser vistos con la calma que solo el recuerdo puede ofrecer.
Yo, últimamente, he sentido esa marea de añoranza arrastrándome más fuerte que nunca. Hay instantes, personas y lugares que habitan en mi memoria como cuadros perfectos, bañados en una luz que, lo sé bien, es un truco de mi mente. Les otorgo una belleza casi divina, como si fueran retazos de un paraíso perdido. Y aunque intento desprenderme de esa idealización, una parte de mí se aferra a ellos como el cristiano a su plegaria. No es que mi presente carezca de maravillas; de hecho, basta mirar a mi alrededor para comprobar que la vida me ofrece un banquete de oportunidades y afectos. Pero aun así, esa añoranza persiste, como una música de fondo que nunca se apaga del todo.
El pasado no puede ser cambiado, y tal vez ahí radique su misterio y su poder. Somos guardianes temporales de momentos que jamás volverán, incapaces de reconstruirlos en carne y hueso, incapaces de deshacer los errores ni de pronunciar las palabras que dejamos callar. No hay máquina del tiempo que nos rescate de nuestra humanidad imperfecta. Y, sin embargo, en esa imperfección radica la belleza de estar vivos. Porque la vida no sería vida sin sus caídas, sus tropiezos, sus noches de insomnio. Esos golpes y equivocaciones son las raíces profundas que sostienen nuestro ser, los cimientos sobre los cuales construimos lo que somos y lo que seremos.
Así seguimos adelante, no porque olvidemos el pasado, sino porque aprendemos a vivir con él, como una pareja recién casada que aprende a convivir con sus diferencias. Esa danza constante entre el amor y los desacuerdos, entre los momentos de ternura y las discusiones inevitables, es un recordatorio de que la perfección no es el objetivo, sino la conexión y el crecimiento compartido. En ese aprendizaje, tal vez, reside la verdadera magia de la existencia.
Mi propósito de año nuevo: Escibir más :)
一日三秋 (Un día dura tres otoños )
27 de Julio, 2023
Un día, tres otoños perviven, pues al caer de la tarde, hojas mustias, en el abrazo de tu ausencia, me cercan.
Petrificados vestigios de un pasado, en algún instante, presumían ser la esencia misma de la brisa que mis calles poblaban.
Un día, tres otoños persisten, pues al ocaso sentí con sutileza la sombra de tu presencia,
Un recuerdo inefable que el mero olvido no alcanza a mitigar,
Una marca indeleble que con su fulgor ilumina la vacía ausencia.
En el cálido rumor del viento, me susurran tus ecos, y en el rincón de la memoria, palpita tu esencia, misteriosa y etérea.
Así, el tiempo fluye en un devenir enigmático, donde las hojas del ayer se deslizan como suspiros, trayendo consigo el aroma imperecedero de lo que fue y ya no es.
Y en ese tejido invisible del universo, nuestro encuentro y desencuentro se entrelazan, danzando en el trémulo abrazo de un día que perdura como tres otoños, esculpiendo un peregrinaje de emociones en el alma, donde el vacío y la plenitud se abrazan, y la luz y la sombra tejen el tejido del misterio que siempre será tu ausencia.
Espacio vacío
2025?
Nop, aún no hay nada